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jueves, 3 de agosto de 2017

Relato: BRAMANTES Y BAILARINAS



Dos miembros de la guardia bramante se colaron a altas horas de la madrugada en una de las casas del placer de la villa de los exquisitos, en Altizana. Estaban borrachos, a juzgar por los codazos y las chanzas, de modo que la mayoría de presentes en el local se hicieron a un lado, se escondieron, o directamente recogieron sus vergüenzas y se marcharon deprisa nada más verlos. Un bramante era peligroso sobrio, sobra decirlo, así que la norma era andarse con bastante ojo si, como aquella noche, te cruzabas con uno hechizado por el alcohol y el divertimento.
    En una esquina de la cámara dos chicas despreocupadas hicieron poco caso a la entrada triunfal de la pareja de colosos, amparadas por la coraza de la juventud. Reían y bebían, princesas de la noche, brillantes con la purpurina de colores del espectáculo que pocos minutos antes habían protagonizado sobre las tablas. Era imposible decidirse por cuál de las dos hembras resultaba más hermosa y sugerente; se contoneaban con cierta socarronería al son de una monótona balada.
    Uno de los guardas se acercó a la barra del bar. Sus pasos hacían palpitar el suelo, como si una poderosa corriente de agua trabajara bajo aquellas baldosas de piedra. Puso dos de sus dedos sobre una jarra de cristal vacía —dedos dantescos, cual tenazas de herrero— y se dirigió al camarero: “¿Esto es lo más grande que tenéis aquí? Si es así, pon dos jarras para mi, y otras dos para mi compañero Iggan. Invita el Emperador”.
    —¡S-sí, señor!
    Pero Iggan no caminó hacia la barra. Estaba parado en mitad del mortecino salón, sus enormes ojos puestos en la larga cabellera negra de una de las muchachas del rincón.
    Había tres cosas que atraían la atención y el deseo de un bramante por encima de todo lo demás. La primera, y la más obvia, eran las bebidas festivas. Entre murmullos se decía que si uno se encontraba con un miembro de esta poderosa raza sin signos de embriaguez, lo más probable es que se tratara de un especimen enfermo. Un bramante comía como un elefante, y bebía como dos; eso también se decía.
    La segunda cosa que actuaba como un imán para ellos era la sed de sangre. Eran belicosos por naturaleza, y nunca desperdiciaban la oportunidad de rasgar sus nudillos contra el mentón de un enemigo, congénere o no, daba igual. La milicia al servicio del Emperador solía explotar en trifulcas y barullos la mayor parte del tiempo, lo que menguaba sus filas a razón de entre cinco y diez bajas al día. ¡Eso sin contar a las víctimas humanas que pagaban la factura de su terrible temperamento! Es por esto que los generales segmentaban a sus divisiones para trabajos más rutinarios en patrullas de dos o tres soldados como máximo, con objeto de mitigar esta fuga de genio y reducir el alcance de los daños. De poco servía, claro está.
    Y la tercera cosa cuyo poder embelesaba a un bramante era la imagen de una mujer bonita.
    —¡Eh, tú! —espetó el gigante, en dirección a la muchacha— ¡TÚ!
    Nada, no hubo respuesta; la conversación entre las dos continuaba sumida en el hermetismo.
    —¡Oye, tú! ¿Acaso no me oyes? —su voz se elevó por encima de la tonada. Los músicos, que eran tres en total, se dieron cuenta demasiado tarde del oprobio que suponía arrebatarle el protagonismo a un ser como aquel. Iggan se encaminó hacia ellos con el ceño bajo y los puños cerrados.
    —Perdóneme, oh, custodio de Altizana —dijo una voz de repente. Dos ojos pequeños se interpusieron entre la banda de músicos y el furioso bramante. Eran, como digo, ojos pequeños, sí, pero también eran ojos astutos. Su dueño, un señor bajito y de rostro alargado, dueño al mismo tiempo de la casa del placer, se mostró rápidamente conciliador, sabedor del dique que estaba a punto de quebrarse—. ¿Le resulta atronadora la balada que interpretan mis hombres? Se trata de Paladines ensartados, de Chebron. No es muy conocida, si he de sincerarme. Le pido disculpas; les pediré que toquen alguna otra cosa enseguida.
    —¿Eh?
    —¿Le apetece tomar algo, caballero? —insistió el propietario—. Tenemos un licor para clientela exclusiva. Un licor muy especial, si usted me entiende. Nos proveen desde un almacén clandestino en la península de Mísboro. Un grupo de mujeres se baña en el brebaje durante las últimas fases de infusión, figúrese —dijo, y una risa se le deslizó por entre los dientes— Pruébelo. Invita el establecimiento.
    Pero Iggan no estaba interesado en lisonjas.
    —Esa mujer, la de los cabellos oscuros. Tráigala aquí.
    —¿Perdón?
    —He dicho que me traiga a esa mujer —repitió, sin inmutarse.
    —Ummm… ¿Isabela? Tiene un ojo muy fino, señor. Isabela es la reina de la casa, debe saber. Ninguna chica baila como lo hace ella.
    —Tráigala.
    —Pero también debe conocer una de las normas de la casa del placer. ¡Y mire que aquí nos jactamos de carecer de ellas! Mas, hay un poder que se les concede a las chicas al amparo de este techo, y ese es el poder de la decisión —apuntó, ante el iracundo bramante—. Vamos a hacerlo de la siguiente manera: voy a acercarme a Isabela para preguntarle qué tal le parece la idea de acompañar a un miembro de nuestra estimada guardia. No puedo hacer promesas prematuras, pero sí que le puedo asegurar que Isabela es mujer cercana y de mente abierta, créame. Tendrá su respuesta en un momento, si tiene a bien aguardar.
    Iggan asintió con un gruñido.
    El anfitrión se retiró al rincón donde las mujeres conversaban y, tras unas palabras con la joven de cabellos negros, regresó con la misma sonrisa en los labios; una sonrisa que hablaba de años de forzada cordialidad.
    —Ummm… verá usted, señor mío, Isabela anda muy cansada esta noche. Me comunica que se encuentra algo indispuesta y que, de ceder, no estaría a la altura de tan distinguida compañía. Se retirará pronto a dormir, de hecho.
    Los ojos de Iggan iban de su presa al propietario del local. No encontraba anclaje en  ninguna de las dos partes.
    —¿Eso ha dicho, verdad? —musitó.
    —Pero no se me venga abajo. Tengo una propuesta que hacerle: su nombre es Coralina, y tiene una melena del color de una noche de invierno. ¡Y tan larga que anda siempre con cautela para no pisarla! Ella es…
    —¿Ocurre algo, Iggan?
    Zamún, el otro guardia bramante, acudió en auxilio de su compañero. Traía una jarra en cada mano, y ninguna de las dos estaba llena.
    —¿Recuerdas al bufón que tuvimos que desterrar a palos de la casa del Consejo? Pues no me acabo de decidir quién tiene la lengua más larga, si él o este pájaro de aquí? —contestó Iggan, señalando al propietario—. Dice que una de las chicas de este antro se niega a aceptar conversar con nadie. ¡Como si hablásemos de señoritas de Bellacuna! Lo que me faltaba por oír.
    Zamún lo miró durante un rato. Le temblaba la sonrisa.
    —Verán —se apresuró a intervenir el acusado— Puedo ofrecerles cualquier cosa; la que quieran. No tiene más que pedirla. Pero… grande es mi pesar si les digo que no puedo mover ni una sola de mis palabras. Isabela no está disponible en estos momentos.
    —¿Ves? ¿Qué te he dicho? La princesita no quiere hablar con un miembro de la guardia del imperio.
    —Entiendo.
    —Isabela se encuentra algo indispuesta, ya se lo he dicho a su compañero. Sin embargo, si aguardan unos instantes les presentaré a dos jóvenes que…
    —No hará falta —sentenció Zamún, el más grande de los tres, y acto seguido se vino a plantar a un palmo del asustado propietario de la casa del placer. Con la mano izquierda le sostuvo la cabeza como quien coge un huevo de avestruz, y con el pulgar y el índice de la derecha rebuscó entre los dientes hasta que dio con la escurridiza lengua. Apretó con firmeza, le dedicó una mueca al hombre y tiró con tanta fuerza que el músculo entero salió de súbito como una anguila del agua.
    Los gritos de las mujeres llenaron el espacio.
    Iggan comenzó a reír a carcajadas, con los ojos abiertos de sorpresa ante aquella abundante fuente de líquido rojizo que era ahora la boca del propietario. Éste, todavía incrédulo, se agachó a recoger el pedazo de lengua del suelo. Su mirada era la de un hombre que ve cómo su barco ha zarpado dejándolo en tierra. Al poco se desplomó.
—Mucha palabrería y muy poco aguante veo yo. Vámonos, amigo, esa furcia no se merece nuestra compañía—dijo Iggan entre risas, y salieron presurosos del local, con grandes y poderosas zancadas que sonaban como lejanos tambores de guerra.

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Llegan las vacaciones estivales, y con ellas el tiempo y el desahogo necesarios para darle algún que otro meneo al blog. En este arranque de agosto os traigo "Bramantes y bailarinas", un texto ligerito que no, no es la conclusión de "El visitante" (¡sorpresa!). A la hora de escribir sobre los mastodónticos bramantes tuve en todo momento en mente a la raza seeq, habitantes del mundo de Ivalice, de Final Fantasy XII. Un videojuego cuya estética siempre me ha parecido sublime, de lo mejorcito de la saga.

La fantástica ilustración Castle Tower que ensombrece el texto pertenece a TylerEdlinArt. Ya sabéis, click aquí para ver la galería con algunos de sus trabajos.

¡Mucha playa a todos!

Final Fantasy XII (2006/2007, Square Enix)

domingo, 14 de febrero de 2016

RELATO: NATASHA



La noche le duró la mitad de un segundo.
  Cuando despertó no recordaba el sueño completo, solo imágenes que se revolvían en su cabeza como espuma en la explosión de una ola. Había un hombre, o dos, y esa oscuridad pesada que se da mucho después de la medianoche. Recordaba el calor, y el contacto físico, y el vapor. Y todo era de un potente color escarlata. Dejó escapar un tímido jadeo enquistado en la garganta, perdido, como los rescoldos de un fuego o las zurrapas del café. Y se sintió de pronto ruborizada, medio incorporada en la cama como estaba y junto al cadáver todavía dormido de su marido. Menos mal que no podía verla en aquel momento.
    Se levantó de un salto, más efusiva de lo que le gustaría reconocer. La luz velada de la mañana la protegía. El cuadro que era la ventana mostraba un código de barras luminosas, con la suficiente intensidad como para poder localizar las simpáticas zapatillas de cabeza de león que se medio asomaban desde debajo de la cama. Serían las siete, siete y media, más o menos. Salió en silencio y cerró tras de sí. A su espalda, los ronquidos del ogro chocaron contra la madera de la puerta. Antes de dirigirse a la cocina, miró en secreto hacia la habitación de los niños, y rezó porque aquella puerta no se abriera en un millón de años.
    Café.
    La monótona danza de la taza en el microondas la mantuvo hipnotizada unos segundos. No pensaba en nada; no sentía nada. Apoyada en la encimera de mármol no era mucho más que aquella taza de café recalentado. Y al poco vio, mirando hacia ninguna parte, la perfecta recreación de una tarde de lluvia. Vio a una pareja de niños corriendo a través de la hierba mojada, con sonrisas que no les cabían en la cara. El cielo era del color de una vela antigua. La tarde era para ellos, eso lo recordaba, y el tiempo se había convertido en una moneda que les rebosaba en los bolsillos. El chico se llamaba Rubián. ¿Era Rubián? Sí, Rubián. Y la niña estaba claro que ya no era ella.
    Los pequeños se refugiaron en una choza desvencijada, con el aspecto de una vieja con el pelo mojado. Las risas podían con la lluvia. Saltaron, se empujaron y se escondieron entre los pliegues oscuros del refugio, como los únicos habitantes de un planeta abandonado. La voz de ella era el sonido de la primavera; la de él contenía el vigor furioso del invierno.
    Recordó la oscuridad y el calor. Sobre todo el calor. Y una espiral de sombras que se arremolinaban ante sus ojos. Los dos se atrevieron a caminar por terrenos prohibidos, apartando la bruma al son de un palpitar nervioso. Ahora que…
    —¡Mamá!
    Las voces sacaron a Natasha de su ensimismamiento.
    La mujer puso toda su esperanza en que aquella llamada fuese solo el rumor del viento tras la ventana; una especie de chasquido que, con una carambola inesperada, habría sonado extrañamente parecido a…
    —¡Mami, ven! ¡Mamá!
    El microondas se detuvo. ¡Ding! Y Natasha se incorporó. La lluvia cesó. Las risas desaparecieron, amortiguadas por el escandaloso silencio de la mañana. Ya no estaba Rubián, ni la chiquilla. Tampoco la choza decrépita. Solo una taza y aquel microondas que ya pasaba de los diez años.
    Natasha recompuso los pedazos de su recuerdo y los guardó en el desván, bajo llave. Cogió el café y, a sorbos, se dirigió hacia la habitación, levantando con artificios una mueca muy parecida a una sonrisa.


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Como (casi) siempre, la ilustración que le da valor al relato está sacada de DevianArt, y en esta ocasión pertenece al artista KaranaK. Si pulsáis sobre su nombre viajaréis como por arte de magia hasta su perfil en la web. Ah, y por cierto, ¡Feliz San Valentín a todos!

viernes, 5 de febrero de 2016

MICRORRELATO: LA VIDA DE LOS ATUR


El dios de la luz, a sabiendas de que su hermano utilizaría su deseo con malas artes, decidió proteger al pueblo de Atur con el don de la longevidad, siendo así que los atur vivirían más allá de los cien años, esquivando a la muerte ya les viniera de frente. No pudo erradicar el dolor de sus vidas, eso sí, pues ninguna criatura, dios u hombre, puede zafarse del dolor, mas sí que les otorgó esta breve pero inquebrantable inmortalidad.
    Su hermano, con aquella inteligencia fría que produce pavor, esperó a que el primer deseo surtiera efecto, y entonces se adelantó y profirió estas palabras que hicieron eco en el amplio salón en donde residían: «Los atur vivirán más allá de la centuria, pues así ha querido Efimo que ocurra, sin que yo pueda mancillar ni uno solo de esos años con la muerte. Lo respeto pues. Mi deseo, por lo tanto, será el siguiente: la colina en donde viven estos seres ahora inmortales se plegará sobre sí misma, convirtiéndose en una profunda olla resbaladiza por la que ningún brazo podrá escalar. Del fondo de la misma brotará un líquido, y ese líquido será como el agua, pero no será agua, y estará hirviendo, a esa temperatura a la que hierven los cangrejos. Atur sufrirá un dolor indecible, pero no podrá rendirse. Buscará el aire bajo el agua abrasiva , pero no se ahogará. Y deseará el abrazo durmiente de la muerte, y gracias a la gesta de mi hermano, éste no llegará.»


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Tres cosas. La primera, la ilustración que corona la entrada está extraída directamente del manga «El legendario escultor de la luz lunar». Aprovecho la ocasión para recomendaros su lectura; en lo visual es impresionante. Dos, el texto, casi casi con el pie puesto en los límites del microrrelato, pertenece a un relato corto aún por terminar (para variar). Es un fragmento que uno de los personajes del mismo escribe en una hoja de papel. Me pareció que funcionaba por sí solo y encontré interesante subirlo al blog. Y en tercer y último lugar, y a modo de curiosidad (por si algún fan de la obra de Patrick Rothfuss anda por aquí cerca), está el tema de los atur. El nombre Atur me vino a la cabeza mientras escribía esta parte del relato; así, sin pensarlo demasiado. Me gustó y ya está. Luego me di cuenta de que esta denominación ya existía en «Crónica del asesino de reyes», lo cual, en vista de que leí el primero de esta trilogía no hace mucho, deja claro de dónde me vino la inspiración para elegirlo. Aclarar, por si hace falta hacerlo, que “mis” atur no tienen nada que ver con los del maestro Rothfuss. Ojalá, pero no.

«El legendario escultor de la luz lunar»


domingo, 27 de diciembre de 2015

EL REGALO DE "DIBUJANTE DE MIERDA"


El amigo nmlss (@nmlss777), conocido en algunos rincones como "Dibujante de mierda" (cuánto amor propio) ha tenido el detallazo de regalarme una de sus excelentes obras, inspirada en un servidor y en mi afición al noble arte de escribir. Ni que decir tiene que estoy encantadísimo con el gesto. Sabía que el chaval dibujaba bien, pero aún así he quedado muy sorprendido con el resultado.

Si queréis saber más de él, podéis echar un vistazo a su iniciativa de facebook "¡Dibujos para todos! (GOTY 2015 Edition)", donde expone algunos de sus dibujos (si os apresuráis tal vez lleguéis a tiempo para participar). También podéis visitar su genial tumblr, o seguir sus huellas en el mundillo de los videojuegos en "El blog de Topofarmer", donde a menudo escribe artículos de opinión.

Desde 700 palabras le doy las GRACIAS en mayúsculas por un regalo tan especial. Gracias, nmlss.



domingo, 29 de noviembre de 2015

RELATO: EL LÁPIZ MÁGICO



El último dibujo de la pequeña Ane Fukunaga fue un hermoso bosque de coníferas de colores. Los tonos pastel bañaban las copas de los árboles, amarillo, verde y azul; un lienzo de un sinfín de kilómetros de extensión. Había dibujado también un lago enorme de no mucha profundidad y de aguas tranquilas, sobre el que chapoteaban cisnes, y en cuyos márgenes bebían y saltaban y se arrastraban diminutas lagartijas y una raza de ranas multicolor. Y a lo lejos, una columna de roca negra que llegaba hasta el cielo y que la niña había querido que fuese un volcán.
    —¡Abre la puerta, Ane!
    Había utilizado su lápiz mágico para poblar aquel mundo, su mundo, de criaturas increíbles. Si uno ponía el ojo donde debía, podía localizar a los que ella misma había bautizado en su mente como los sirlots, o los habitantes del bosque perdido. Eran seres poco definidos, pues nadie los podía ver el tiempo necesario y bajo la claridad  justa para identificarlos correctamente, pero sí podía decirse de ellos que poseían rasgos felinos, cuerpos esbeltos y una velocidad y una facilidad para ocultarse que en mucho se parecían a las ardillas trepadoras.
    —¡Abre ahora mismo o derribaré la puerta! —los gritos eran cada vez más ensordecedores.
    No debe confundirse, y la joven Fukunaga sabía que esto era muy importante, a los sirlots con los éfiros, nada que ver, pues estos últimos eran una suerte de bestias abominables cuya sombra ya ponía los vellos de punta. No obstante, y pese a la enormidad de aquel mundo de coníferas, Ane había dibujado a dos éfiros, un macho y una hembra, y los había soltado a su libre albedrío. Según el parecer de la niña, todo ser viviente, así fuese su naturaleza la de un monstruo, tenía el mismo derecho que el resto a saborear las delicias de la creación, aún a riesgo de estropear un poco la obra en su conjunto.
    ¡Bum! La puerta cedió un tanto.
    —¡Ábreme, maldita! —había tanta rabia en la voz que su dueño casi se atragantó— ¡Te vas a arrepentir de esto!
    ¡Bum!
    Ane gustaba de crear paisajes insólitos. Los dibujaba a menudo y en ninguno dejaba de brillar ese talento suyo tan especial. Se ayudaba, es verdad, de un lápiz muy particular, uno cuyo trazo era capaz de crear vida, o al menos así lo creía sentir la muchacha. Cuando ese lápiz mágico dibujaba un riachuelo, Ane Fukunaga divisaba a los peces luchando contra la fuerza de la corriente, o se veía obligada a bizquear ante los destellos cristalinos del sol sobre la superficie. Olía la fragancia de los árboles sin esfuerzo, y se deleitaba, cómo no, con la compleja sinfonía que la naturaleza componía para ella. Estas ventanas le hacían sentir libre; libre de preocupaciones, de días difíciles…
    … Libre de él.
    ¡Bum! Una grieta cruzó la madera de lado a lado.
    Ane se llenó el pecho de aire y lo expulsó lentamente. Cerró los ojos y se dejó envolver por la brisa que se desprendía del bosque de coníferas. El cabello se le movió un poco.
    —¡Niñata desagradecida! —rugió la voz al otro lado.
    Nunca había hecho algo como lo de hoy. Sentir el dibujo no era lo mismo que vivir en él, eso lo entendía, mas la niña no encontró ni un pellizco de miedo en su interior. Estaba tan convencida de llevarlo a cabo que no le temblaba un dedo.
    ¡Crash!
    Un fragmento de la puerta se descolgó violentamente, y aquellos ojos oscuros que a Ane le recordaban a los ojos de un tiburón se asomaron a la grieta y la apuntaron. Rezumaban la malignidad de los éfiros.
    —¡Te tengo!
    Ane hizo como que no lo oía. Acercó el dibujo y se lo colocó justo delante. A continuación, buscó con calma en los secretos escondrijos de la mochila que había traído consigo. No le fue difícil encontrar el objeto que buscaba. Al sacarlo, su afilada hoja brilló.
    El hombre de los ojos de tiburón dejó escapar un grito ahogado y se detuvo en seco.
    —¿Qué… qué pretendes hacer con eso?
    Sin tiempo para articular más palabras, Ane Fukunaga puso en marcha su plan. Se concentró en sí misma, hizo un rápido movimiento y en la habitación se hizo el silencio.
    Pronto podría bañarse en las tranquilas aguas del bosque perdido.
    Estaba lista para viajar al país de los sirlots.


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Este es el relato más reciente de todos, creado hace exactamente 30 días con objeto de presentarlo al taller de escritura creativa "Móntame una escena", de la web Literautas. La ilustración que engalana este post, por otro lado, es obra (¡Y qué obra!) de Anna Armona, cuyo lápiz mágico podéis ver en acción en su perfil de Deviantart.



martes, 3 de noviembre de 2015

ÍNDICE DE RELATOS



La verdadera maldad. Pura y venenosa. Silvano la vio aquella fría tarde de abril, bajo la persistente lluvia, entre el gentío...



Relajado, sentado en una vieja silla de madera y relajado, el hombre de gris agita su cóctel Cointreau Cosmopolitan, con la mano libre puesta en su sombrero y la mirada en el callado horizonte...



La gran rueda de piedra gira y gira y gira sin descanso, ajena a las voces de los hombres fatigados, a las inclemencias del mundo en el que le ha tocado vivir, ajena a todo en realidad...



De repente, el esclavo más cercano levanta la mirada de la piedra...



Simón fue sacando lentamente el brazo de la sopa de marisco...



El último dibujo de la pequeña Ane Fukunaga fue un hermoso bosque de coníferas de colores...



Acércate, oh visitante, no te quedes ahí; deja que las llamas te pellizquen los mofletes. ¿Es que no has visto nunca a un vendedor de historias?



El dios de la luz, a sabiendas de que su hermano utilizaría su deseo con malas artes, decidió proteger al pueblo de Atur con el don de la longevidad...



La noche le duró la mitad de un segundo...



Dos miembros de la guardia bramante se colaron a altas horas de la noche en una de las casas de placer...



EN CONSTANTE ACTUALIZACIÓN...


domingo, 1 de noviembre de 2015

RELATO: EL CALCETÍN ROJO


Simón fue sacando lentamente el brazo de la sopa de marisco. Apenas notaba el calor del líquido (no después de casi una hora de intensa búsqueda en un sinnúmero de mastodónticas ollas), pero sí que empezaba a acusar aquel penetrante olor a almejas, gambas y cabezas de rape que flotaban en el burbujeante brebaje.
    «¡Estúpido Simón, desordenado, torpe y descerebrado!» se repitió una y otra vez. «¿A quién se le ocurre dejar un calcetín, UN CALCETÍN, viejo y apestoso, tirado en una cocina?».
    Había escuchado el ¡Chof! claramente, pero entre tanta marmita junta, todas operando a máximo rendimiento, y los ruidosos extractores de humo, no tenía ni idea del lugar exacto en el que había ocurrido la desgracia. Y había tenido que pasar justo hoy, el primer domingo de mayo, el día en el que todo el mundo se reunía en la iglesia para degustar la famosa sopa sureña, una delicatessen cuya relevancia ponía el nombre de un pueblo tan pequeño como el suyo en el mapa.
    El joven aprendiz miró hacia la puerta esperando ver aparecer a Ramón "El oso", el monstruoso jefe de cocina o a alguno de sus lugartenientes. Todos se reirían de él si llegaran a enterarse de lo ocurrido, de eso estaba seguro; todos menos Ramón, que lo apuntaría con aquellos gélidos ojos desprovistos de vida y lo expulsaría de allí entre gritos y sartenazos. No eran pocas las leyendas que circulaban por el pueblo sobre aprendices de cocina atolondrados que se habían visto obligados a abandonar el condado empujados por la temible ira del oso.
    Respiró hondo, preparado para afrontar la última hornada de ollas y se subió al taburete.
    Justo cuando se disponía a sumergirse en la sopa, una sombra oscureció la estancia como una nube de lluvia en un cielo despejado.
    —¿Se puede saber qué haces, perillán? —rugió el oso.
    Simón dio un respingo.
    —Es... estaba supervisando la comida— mintió. La voz le bailó en la garganta— Procuraba que todo estuviese a punto para la fiesta.
    —Bien. Necesito que me ayudes. He de ultimar algunos detalles del banquete. ¿No habrás añadido más guindilla, verdad? Hoy nos visitan algunas personalidades de las localidades vecinas y no a todos les gusta el picante —mientras el jefe de cocina hablaba, Simón reparó en algo que descansaba sobre una de las estanterías superiores, junto a la puerta. Entre dos grandes cacerolas destacaba un objeto de tela, de un rojo que le resultó familiar.
    «¡El calcetín!».
    — ... y finalmente emplataremos como sabemos hacer y los hijos de Usanza servirán la sopa ¿lo has entendido, zagal?— continuó Ramón—. Y ahora dime, ¿qué hora es?
    Simón, presa de un entusiasmo que luchaba por salir, se contuvo. Levantó el brazo y miró su reloj. Entonces un escalofrío le masajeó la espalda.
    La muñeca estaba morada por el calor de la sopa.
Y allí donde debía de estar su reloj no había nada.

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El calcetín rojo es un sencillo relato corto que escribí hace algunos años con motivo de un ejercicio de escritura de "Literautas". Lo guardo con especial cariño porque fue lo primero que escribí para la web, con la motivación actuando como una locomotora fuera de control. Después de éste realicé muchos otros trabajos (casi tantos como ejercicios plantea el taller), pero la historia del calcetín y del pinche de cocina es, por mucho, la que más simpatías me despierta, y es por eso que he querido otorgarle un rinconcito en el blog. Espero que os guste.

Y si alguno se pregunta si mi Simón está, de alguna forma, inspirado en el Simón de Tad Williams, en el pinche Cabezahueca de Añoranzas y Pesares (el libro de mi infancia, ese libro mágico al que acudo asiduamente casi de manera religiosa), os diré con todas mis fuerzas que sí, que sí y que sí. Véase, pues, como un pequeño y humilde homenaje.