domingo, 12 de agosto de 2018

LAS COSTURAS DEL UNIVERSO / Capítulo 3. La montaña



Era la única imperfección en un horizonte firme como la línea del océano. La montaña se alzaba Dios sabe cuántos metros por encima de un paisaje verde y monótono, una mole monstruosa que cortaba en dos la estampa, como el dedo de un titán.
Era imposible calcular la distancia hasta la montaña. Tal vez estuviera muy lejos y su ominosa presencia se debiera a su gran tamaño, o quizá estaba más cerca de lo que parecía, y tampoco era para tanto. Lo único verdadero es que su dantesca figura imponía respeto, aunque solo fuera porque no había otra como ella en ninguna dirección.
Barnard puso su mano a modo de visera. Sus ojos ya no eran los de antaño, por más gigantesca que fuera la cumbre que tenía delante.
—¿Allí, dices?
—En efecto, capitán. La mineraliosa solo crece en lugares altos.
—P-pero… ¿tú estás viendo lo que yo?
—Con mayor definición, probablemente.
El viejo gruñó.
—Tus circuitos están corruptos si pretendes que me desplace hasta aquella montaña. Debo resintonizar tu cordura.
—¿Sabrás hacer tal cosa? Recuerda los problemas que encontraste para encender el aire acondicionado cuando atravesamos el Cinturón del Infierno hace dos veranos.
Barnard se volvió hacia Moebius y le lanzó una mirada amenazadora. El rostro de la pequeña androide continuó como el de una esfinge.
—¿Y cómo iremos hasta allí?
—La motocicleta de propulsión eléctrica puede servirnos.
—¿Ese cachivache?
—Ese cachivache, sí.
Las cejas en arco y la boca semiabierta dibujaron un signo de interrogación en la cara del capitán.
—Hace décadas que no la uso —murmuró.
—Comprobé su estado general hace un rato. Servirá para cubrir la distancia.
—Que lo comprob... ¿cuánto rato dices que he estado durmiendo?
Moebius entró en la nave y volvió al término del sexto minuto. Traía la herrumbrosa motocicleta agarrada por el manillar; parecía una chiquilla de diez años con su bici el día de Navidad.
—Aquí está. Monta.
—¡He dicho que no!
—Recuerda que si no lo haces tendremos que quedarnos a vivir en este planeta. No es mal lugar, de todas formas.
—¡Pero si ahí no cabemos los dos!
—Barni...

Para cuando Moebius convenció al capitán Taquión de que aquel vehículo de transporte era su única vía de salvación, la tarde se había adueñado del valle. Los días en Azimut duraban aproximadamente lo mismo que en el planeta Tierra, si acaso algún segundo más o alguno menos, y el naranja del sol bañaba los contornos del valle de un modo también muy similar. Con el fresco de la velocidad de la motocicleta de propulsión a Barnard se le fue pasando el enfado; tanto fue así que, al poco, alguno podría decir que estaba disfrutando del trayecto, aunque solo fuese porque se le notaba un rictus más relajado y, a ratos, un cuarto de sonrisa dibujada en la cara.
No quisiera aburrir describiendo todo lo que ambos vieron durante el trayecto hasta su destino, pues era en su mayoría acumulaciones de árboles frondosos aquí y allá como pandillas de niños despeinados por el viento, o pasto abundante que perdía su color en la lejanía. El valle debía de ser inmenso, a juzgar por la distancia en la que se encontraba todo. Condujeron durante mucho rato con este telón de fondo. Por fortuna, Moebius no abrió la boca salvo para puntualizar algún pensamiento del capitán, pero ni por esas le ganó la irritación. Aquella tarde era para disfrute de Barnard, ahora lo veía con claridad. Hacía mucho tiempo que no salía de la nave y se aventuraba más de unos metros de su perímetro, y se dio cuenta de que su cuerpo y su mente necesitaban de un poco de libertad.
—¡Puedo ir más rápido! —exclamó entusiasmado.
Y aceleró.
¡Brrrrruuuuun!
Los árboles eran ahora borrones oscuros que se cruzaban por delante de su camino.
Las gafas de piloto de Barnard estaban pintadas con los restos de los mosquitos, pero eso daba igual. Estaba exultante, casi fuera de sí, como cuando tenía… no sé, noventa años menos. Entre las explosiones de insectos podía entrever retazos de imágenes de un jovenzuelo mucho más delgado que él, y algo más alto e imberbe. Vio cómo la esbelta figura se lanzaba de cabeza desde el pico más alto de un acantilado, con el caos del mar esperándolo abajo, o cómo ganaba a Serge en una de las muchas carreras de aero-bólidos que ambos solían disputar en la «Academia para pilotos precoces» de la Tierra. Las escenas se sucedían a velocidad de vértigo.
Más rápido, más rápido.
Aquel caleidoscopio de recuerdos también le mostró el rostro de antiguas amistades, muchas de ellas ya sin nombre, y la sonrisa le desarticuló la cara. Eran Elin e Iggan, a ellos sí que los recordaba. También estaba Brennan, la tortuga; todos se metían con él. ¿Y cómo se llamaba aquella muchacha? Sí, la del cabello rizado y los ojos gigantes… ¡Marya, eso es! Cuánto habían disfrutado juntos. El mundo cambió entonces, ¡el universo entero cambió!, y todos ellos vivieron la transformación juntos.
Cuántos recuerdos…
—Estamos cerca, capitán —dijo Moebius.
—Eh, ¡ah, sí! Allí veo algo. Parece una construcción. ¡Un muro!
Y así era. En la falda misma de la montaña se desplegaba una muralla de piedra maciza de unos veinte pies de alto, que discurría hacia el este y el oeste hasta perderse en una curvatura hacia dentro. Barnard intuyó que aquella construcción bordeaba la montaña como un cinturón. No se veían orificios como puertas de acceso o ventanas; no desde la distancia, desde luego.
—¿Por qué está la montaña amurallada? —preguntó el viejo.
—Lo desconozco, capitán.
—Acerquémonos, pues.

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Ilustración: "Black Tusk", de Bifanoland.

martes, 31 de julio de 2018

LAS COSTURAS DEL UNIVERSO / Capítulo 2. El planeta Azimut



A Barnard Taquión, fotógrafo intergaláctico y veterano capitán de la Moebius, no le interesaba saber de qué fuente de energía externa se alimentaba el recién bautizado planeta Azimut, ni el grosor de la capa de gases que entretejía su fina atmósfera; tampoco conocer cuál era la temperatura media reinante, ni siquiera qué elementos químicos bailaban entre sí para hacer posible la existencia de organismos vivos, si es que los había.
Nada de eso le importaba un pimiento.
Todo lo concerniente al espectro técnico de sus viajes era trabajo de Moebius, la inteligencia que vivía enroscada en los circuitos de la astronave, en sus conductos y en sus chips, en sus tornillos. Los conocimientos acerca de la navegación sideral de Barnard eran algo limitados, por lo que solía delegar en su segundo de a bordo la mayoría de tareas, si no todas. No le quedaba otra; si el viejo Taquión fuese el capitán de un barco, no pocas veces habría que indicarle por dónde quedaba babor y por dónde estribor; tal era su erudición en estos menesteres.
—¿Cuando hemos aterrizado?— preguntó, al final de un prolongado bostezo.
—Hace ya un buen rato.
—¿Y por qué demonios no me has despertado?
—Si no lo ha hecho la presión de choque, no creo que pudiera conseguirlo yo —repuso Moebius, emitiendo inflexiones de risa— Además, esta vez no has tenido ese sueño. Llevas tres horas y veinte minutos roncando.
—Ugh —refunfuñó el viejo. Se desperezó y arrastró su sillón hasta una de las pequeñas ventanas que le quedaba más cerca. Allí, al otro lado del plástico acrílico, se desplegaba un cielo de un celeste luminoso, limpio de nubes. Barnard tuvo un destello de añoranza al contemplar aquella estampa—. Parece un lugar apacible.
—Sus características son bastante amables, por decirlo de manera concisa. No tendremos problemas para movernos por su superficie.
—¿Movernos?
—Sí, movernos.
Barnard rebuscó su barbilla entre el blanquecino pelaje y se rascó con energía.
—Verás… —empezó— De entre lo poco que sé de tus funcionalidades sí que puedo sacar a colación tu capacidad para utilizar el módulo corporal para salir al exterior de la astronave. ¿Me equivoco, amiga mía?
—No te equivocas, no.
—Entonces, ¿para qué necesitas a un viejo oxidado y torpe como yo?
—Pues mira, resulta que dicho módulo ya ha sido utilizado. Hace exactamente trece minutos y cuatro segundos.
—¿Y?
—Pues que mientras tú roncabas yo salí al exterior e inspeccioné el origen de la avería —Barnard juraría que Moebius estaba siendo condescendiente con él—. Nada demasiado grave, ni demasiado leve.
—Repito, ¿y?
—Pues que muy a tu pesar tendrás que acompañarme fuera. Tengo algo que enseñarte.
¡Cuernos!
—No está bien maldecir, capitán.
—¡Cuernos!

La indumentaria de Barnard podía verse a kilómetros de distancia. Cuando la puerta de la Moebius se abrió, expulsando en su trayecto densas serpientes de humo, una bota alta de un amarillo chillón se posó suavemente sobre la superficie del planeta Azimut. El viejo capitán estaba acostumbrado a viajar por lugares inhóspitos, sin rastro de presencia de seres inteligentes o, al menos, de seres con un mínimo de sentido de la estética, así que le restaba toda importancia a su aspecto. Acompañaba sus botas de una túnica rojiza que se ajustaba con un cinturón (cuando encontraba uno a mano), o con un sencillo cordón (las más de las veces), y cuando sus decrépitos dedos le permitían alguna maña, se recogía la larga barba alrededor de la cabeza con un nudo. Se sentía cómodo yendo de esta forma, y en el fondo se consolaba a sí mismo pensando en que en algún rincón del vasto universo existía un lugar en el que la gente vestía siguiendo una moda parecida.
—Bonito sitio —dijo, con los brazos en jarra.
—Sí, bonito, según los cánones terrícolas. Guarda cierta similitud con nuestro planeta de origen.
Moebius salió detrás del capitán. Se desplazaba dando graciosos saltos, dentro del cuerpo pequeño y delgado de una niña; pero su rostro no era el de una niña. Tenía ojos grandes como un lémur negro, y una boca delgada que parecía pintada por un artista borracho. Tan extraño era su aspecto como convencional su atuendo, ya que vestía a la manera de la Tierra, o como lo hacían en la Tierra cuando la dejaron atrás, hacía tanto tiempo ya.
—¿Y qué me dices del aire? —preguntó Barnard, y tomó una amplia bocanada de oxígeno que lo llenó de tranquilidad— Tiene que haber una playa cerca de aquí.
—Puede. Pero por favor, acompáñame.
Ambos, hombre y máquina, rodearon la nave. La tierra seca aplastada bajo sus pies emitía placenteros crujidos. Pasaron la tobera del primer motor y se detuvieron en la segunda, la que quedaba más al centro de la parte trasera. Moebius se adelantó y saltó al interior con la agilidad de un suricato. Por supuesto, Barnard se quedó abajo, como quien espera al autobús.
No tardó en impacientarse.
—No pensarás que voy a subir hasta ahí arriba, ¿verdad?
Al poco, Moebius asomó su cabecita por el borde del conducto.
—¡Mira! —exclamó, y acto seguido lanzó un objeto oscuro a las manos del capitán.
¿Qué es esto?
—Es mineraliosa, ¿no la reconoces?
Barnard contempló el mineral con extrañeza. Era negro como un agujero de gusano, pero bajo la fuerza de la costumbre unos ojos podían atisbar una explosión teniendo lugar en su corazón, dentro de la oscuridad misma; un caos de fuego y rayos expandiéndose y contrayéndose en un bucle eterno y rebelde.
—Ni idea, pero me resulta fascinante. Dime, ¿qué es y para qué sirve?
Moebius dibujó una sonrisa en su cara; una sonrisa tan expresiva como el pomo de una puerta o el pico de una mesa.
—La mineraliosa —dijo— es el material que nos suspende en el espacio, capitán Taquión, deberías estar enterado. Es el combustible que nos mueve por todo el universo. Sin él, la Moebius no es más que un enorme caparazón vacío.
—Ajá.
—¿Lo entiendes?
—Sí.
—Mire que puedo leer tus pensamientos.
—¡Claro que lo entiendo, diablos!
El delgado cuerpecito se dejó caer justo a los pies del viejo.
—Pues tengo dos noticias para ti, una buena y una mala. La mala, puedes imaginarla: el segundo motor ha agotado sus reservas de mineraliosa. Las tres explosiones que escuchaste durante el viaje eran los rugidos de un estómago hambriento, al borde de la inanición. Ni haciendo un reequilibrio del mineral de los otros dos motores tendríamos la capacidad suficiente para movernos por el espacio. Dicho de otro modo, ahora mismo la Moebius es solo un poco más útil que un arcaico utilitario. Sin problemas, si planeas pasar tus días conduciendo por los relajantes valles de Azimut.
—Muy graciosa.
—La buena noticia es que, ¡sorpresa! Azimut registra presencias de este rico mineral en su superficie. Hemos tenido una suerte extraordinaria.
Barnard se rascó la barba de la cabeza.
—Sí, parece prometedor, pero, ¿dónde vamos a encontrar esa mineramineralo
—Mineraliosa.
—… Mineraliosa?
Una nueva sonrisa de la pequeña robot estremeció al capitán.
—Sígueme, por favor.





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domingo, 15 de julio de 2018

LAS COSTURAS DEL UNIVERSO / Capítulo 1. Tres explosiones


¡Zum! ¡Trash! ¡Booom!
    Esta historia comienza con tres explosiones. Tres.
Moebius era una nave vieja, casi tan vieja como su único tripulante humano, el señor Barnard Taquión. Los dos, hombre y máquina, estaban achacosos y agrietados como la cáscara de una nuez, y mientras que a Barnard le colgaba una larga y abundante barba de color blanco, de Moebius brotaban filamentos de todas partes en una intrincada telaraña de naturaleza mecánica. El capitán de la Moebius se perdía durante horas intentando desanudar su barba del amasijo de cables, de modo que nunca encontraba tiempo para poner un poco de orden en el minúsculo puente de mando de la nave. Un agujero lleno de gusanos gigantes parece esto, había imaginado muchas veces, todos dormidos unos encima de otros.
—Recuerda que puedo leer tus pensamientos, Barni.
—¡Ugh! —gruñó Barnard— Recuerda tú, querida, que no me agrada que escarbes en mi cabeza.
—Eres el capitán de esta nave —aseguró la voz metálica. Salía de un altavoz situado encima del monitor más grande de la consola principal, un altavoz colmado de volutas de polvo cósmico—. De alguna manera tendré que saber cuáles son tus intenciones, ¿no crees?
    Barnard volvió a refunfuñar.
    —Lo que sea. Dime, ¿qué han sido esas tres explosiones?
El trío de motores de la Moebius detonaba cada poco, como aquejados por una tos crónica. Era algo rutinario. Oír una explosión de vez en cuando era lo habitual a bordo; molestaban al capitán Taquión en alguna de sus muchas siestas, pero no le impedían volver a cerrar los ojos y roncar como un oso cavernario. Era una nave antigua, ya se sabe. Sin embargo, tres explosiones…
    … tres explosiones lo pusieron en alerta.
El monitor central mostró un chorro de cifras en cascada, cuyo reflejo fue resbalando por la arrugada faz del capitán.
    —Uno de los motores ha hecho catapum —informó Moebius.
    —¿Catapum? No suena muy técnico.
    —Su luz se ha extinguido. Ha dejado de funcionar. Hora de la muerte: doce y cuarenta y seis minutos, trece segundos.
    —Muy graciosa. Estado general de la astronave.
    Más números.
    —Los dos motores restantes siguen trabajando en la plenitud de su rendimiento. No muestran anomalías de ninguna índole. No obstante... —Moebius hablaba pausadamente, dando a entender que realizaba complicados cálculos de cabeza. A Barnard le irritaba esta actitud, pues sabía de sobra que podía realizar cálculos complejos de manera casi instantánea—. Creo no podremos seguir viajando bajo esta circunstancia, me temo.
    —¿Cómo que no? ¿Ya te has olvidado de aquella travesía por los desiertos de gravedad? —preguntó el viejo, escéptico—. Hicimos el viaje con uno de los tres motores dañado.
    Hubo otra pausa.
    —Si no te falta razón, pero dañado no es muerto, no. En aquella ocasión el tercer motor operaba bajo mínimos, pero operaba. No es lo mismo.
    El capitán Barnard Taquión se atusó la interminable barba durante unos minutos, suavemente al principio, con garra a medida que iba viendo cómo los testigos de emergencia se encendían, uno detrás de otro.
    —Suena grave —sentenció.
    —Te lo he dicho, capitán. Puedo mantener la ruta por el espacio durante un tiempo más; el suficiente para que encontremos un lugar sobre el que posarnos.
    —¡Demonios!

Barnard se encendió un cigarrillo. La nube de humo se elevó por encima de él, atravesó los tubos del techo y se perdió por entre las rendijas de oxígeno. Moebius emitió el equivalente electrónico a un carraspeo.
    —Sabes que me molesta que fumes.
    El viejo miró hacia arriba, con las cejas arqueadas.
    —¡Eres una máquina! No digas tonterías. Además, sabes que fumo cuando estoy algo alterado.
    —Pronto tu salud también hará catapum.
    —Que sí, que sí. Es solo un cigarro —dijo cerrando los ojos de placer tras cada calada—. Informa: ¿hacia dónde nos dirigimos?
    El rostro del hombre se iluminó nuevamente con el resplandor de las imágenes de la pantalla. En ella apareció la recreación pixelada de un planeta pequeño, a poca distancia de su emplazamiento. La denominación numérica resultante de su posición en el universo ocupó un cuarto del monitor.
    No le sonaba de nada.
    Barnard había conocido muchos mundos a lo largo de su vida. Los exploraba en busca de criaturas exóticas y de paisajes imposibles. Era un fotógrafo galáctico increíble (o eso se decía con frecuencia él mismo), y su cámara había sido almacén de incontables imágenes de lugares más allá de los confines del Universo Protegido. Pero con el tiempo raras eran las veces en las que sus zapatos se manchaban de tierra. A menudo enviaba sondas que hacían el trabajo por él, o enfocaba sus objetivos en las pantallas de la Moebius a través de las cámaras exteriores, y desde su crujiente sillón los estudiaba con el mismo entusiasmo con el que lo haría de tenerlos a un palmo de su nariz. No era lo mismo, claro, pero él ya no estaba para excursiones. Su edad superaba los tres dígitos, y su paciencia los cuatro.
    —Azimut se encuentra cerca de aquí —informó Moebius al momento—. Es un planeta sin registros en la base de datos, inexplorado según parece. Orbita alrededor de Byurakan, una estrella enana ultrafría, pero dentro de su zona habitable. Es una buena opción.
    —¿Azimut?
    —Sí, acabo de bautizarlo. ¿Te gusta el nombre?
    Moebius produjo varios pitidos agudos. Barnard supo que, a su modo, reía.
    —¿Y no puedes reparar el motor sin obligarnos a aterrizar? —insistió Barnard. Le horrorizaba la idea de romper el ángulo de noventa grados de sus piernas—. Estás programada para hacer muchas cosas, diablos, ¿por qué no ésta?
    —¿Te contesto a eso, capitán?
    Barnard resopló.
    —No hace falta.
    —Si me das la confirmación, pondré rumbo a Azimut.
    —¿Tiempo estimado de llegada?
    —El justo para que te acicales un poco y peines esa horrible barba que te cuelga.
    —Tiempo es-ti-ma-do.
    —Dos horas y unos cincuenta y siete minutos, aproximadamente.
    —Ummm… —Barnard respiró hondo.
    Tres horas; el tiempo suficiente para echar un sueñecito reparador.
    No era el mejor de los planes aquel, pero no quedaba otra alternativa. Aterrizarían en Azimut, repararían el motor y seguirían viajando. Por fortuna, no tendría ni que bajar de la astronave. Moebius puede hacer todo el trabajo —resolvió—. Ninguna razón me empuja a moverme de aquí.
    A decir verdad, estaba un poco cansado de ver la misma corriente de datos desfilar por los parpadeantes monitores, o la monótona cortina de estrellas sobre fondo oscuro que se dejaba ver al otro lado de los cuatro ojos de buey. Le vendría bien un pequeño cambio, aunque solo fuese en el tono penumbroso del puente de mando.
—Pon rumbo a Azimut, anda —dijo—. Y no hagas mucho ruido.



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Ilustración: Moebius

jueves, 3 de agosto de 2017

Relato: BRAMANTES Y BAILARINAS



Dos miembros de la guardia bramante se colaron a altas horas de la madrugada en una de las casas del placer de la villa de los exquisitos, en Altizana. Estaban borrachos, a juzgar por los codazos y las chanzas, de modo que la mayoría de presentes en el local se hicieron a un lado, se escondieron, o directamente recogieron sus vergüenzas y se marcharon deprisa nada más verlos. Un bramante era peligroso sobrio, sobra decirlo, así que la norma era andarse con bastante ojo si, como aquella noche, te cruzabas con uno hechizado por el alcohol y el divertimento.
    En una esquina de la cámara dos chicas despreocupadas hicieron poco caso a la entrada triunfal de la pareja de colosos, amparadas por la coraza de la juventud. Reían y bebían, princesas de la noche, brillantes con la purpurina de colores del espectáculo que pocos minutos antes habían protagonizado sobre las tablas. Era imposible decidirse por cuál de las dos hembras resultaba más hermosa y sugerente; se contoneaban con cierta socarronería al son de una monótona balada.
    Uno de los guardas se acercó a la barra del bar. Sus pasos hacían palpitar el suelo, como si una poderosa corriente de agua trabajara bajo aquellas baldosas de piedra. Puso dos de sus dedos sobre una jarra de cristal vacía —dedos dantescos, cual tenazas de herrero— y se dirigió al camarero: “¿Esto es lo más grande que tenéis aquí? Si es así, pon dos jarras para mi, y otras dos para mi compañero Iggan. Invita el Emperador”.
    —¡S-sí, señor!
    Pero Iggan no caminó hacia la barra. Estaba parado en mitad del mortecino salón, sus enormes ojos puestos en la larga cabellera negra de una de las muchachas del rincón.
    Había tres cosas que atraían la atención y el deseo de un bramante por encima de todo lo demás. La primera, y la más obvia, eran las bebidas festivas. Entre murmullos se decía que si uno se encontraba con un miembro de esta poderosa raza sin signos de embriaguez, lo más probable es que se tratara de un especimen enfermo. Un bramante comía como un elefante, y bebía como dos; eso también se decía.
    La segunda cosa que actuaba como un imán para ellos era la sed de sangre. Eran belicosos por naturaleza, y nunca desperdiciaban la oportunidad de rasgar sus nudillos contra el mentón de un enemigo, congénere o no, daba igual. La milicia al servicio del Emperador solía explotar en trifulcas y barullos la mayor parte del tiempo, lo que menguaba sus filas a razón de entre cinco y diez bajas al día. ¡Eso sin contar a las víctimas humanas que pagaban la factura de su terrible temperamento! Es por esto que los generales segmentaban a sus divisiones para trabajos más rutinarios en patrullas de dos o tres soldados como máximo, con objeto de mitigar esta fuga de genio y reducir el alcance de los daños. De poco servía, claro está.
    Y la tercera cosa cuyo poder embelesaba a un bramante era la imagen de una mujer bonita.
    —¡Eh, tú! —espetó el gigante, en dirección a la muchacha— ¡TÚ!
    Nada, no hubo respuesta; la conversación entre las dos continuaba sumida en el hermetismo.
    —¡Oye, tú! ¿Acaso no me oyes? —su voz se elevó por encima de la tonada. Los músicos, que eran tres en total, se dieron cuenta demasiado tarde del oprobio que suponía arrebatarle el protagonismo a un ser como aquel. Iggan se encaminó hacia ellos con el ceño bajo y los puños cerrados.
    —Perdóneme, oh, custodio de Altizana —dijo una voz de repente. Dos ojos pequeños se interpusieron entre la banda de músicos y el furioso bramante. Eran, como digo, ojos pequeños, sí, pero también eran ojos astutos. Su dueño, un señor bajito y de rostro alargado, dueño al mismo tiempo de la casa del placer, se mostró rápidamente conciliador, sabedor del dique que estaba a punto de quebrarse—. ¿Le resulta atronadora la balada que interpretan mis hombres? Se trata de Paladines ensartados, de Chebron. No es muy conocida, si he de sincerarme. Le pido disculpas; les pediré que toquen alguna otra cosa enseguida.
    —¿Eh?
    —¿Le apetece tomar algo, caballero? —insistió el propietario—. Tenemos un licor para clientela exclusiva. Un licor muy especial, si usted me entiende. Nos proveen desde un almacén clandestino en la península de Mísboro. Un grupo de mujeres se baña en el brebaje durante las últimas fases de infusión, figúrese —dijo, y una risa se le deslizó por entre los dientes— Pruébelo. Invita el establecimiento.
    Pero Iggan no estaba interesado en lisonjas.
    —Esa mujer, la de los cabellos oscuros. Tráigala aquí.
    —¿Perdón?
    —He dicho que me traiga a esa mujer —repitió, sin inmutarse.
    —Ummm… ¿Isabela? Tiene un ojo muy fino, señor. Isabela es la reina de la casa, debe saber. Ninguna chica baila como lo hace ella.
    —Tráigala.
    —Pero también debe conocer una de las normas de la casa del placer. ¡Y mire que aquí nos jactamos de carecer de ellas! Mas, hay un poder que se les concede a las chicas al amparo de este techo, y ese es el poder de la decisión —apuntó, ante el iracundo bramante—. Vamos a hacerlo de la siguiente manera: voy a acercarme a Isabela para preguntarle qué tal le parece la idea de acompañar a un miembro de nuestra estimada guardia. No puedo hacer promesas prematuras, pero sí que le puedo asegurar que Isabela es mujer cercana y de mente abierta, créame. Tendrá su respuesta en un momento, si tiene a bien aguardar.
    Iggan asintió con un gruñido.
    El anfitrión se retiró al rincón donde las mujeres conversaban y, tras unas palabras con la joven de cabellos negros, regresó con la misma sonrisa en los labios; una sonrisa que hablaba de años de forzada cordialidad.
    —Ummm… verá usted, señor mío, Isabela anda muy cansada esta noche. Me comunica que se encuentra algo indispuesta y que, de ceder, no estaría a la altura de tan distinguida compañía. Se retirará pronto a dormir, de hecho.
    Los ojos de Iggan iban de su presa al propietario del local. No encontraba anclaje en  ninguna de las dos partes.
    —¿Eso ha dicho, verdad? —musitó.
    —Pero no se me venga abajo. Tengo una propuesta que hacerle: su nombre es Coralina, y tiene una melena del color de una noche de invierno. ¡Y tan larga que anda siempre con cautela para no pisarla! Ella es…
    —¿Ocurre algo, Iggan?
    Zamún, el otro guardia bramante, acudió en auxilio de su compañero. Traía una jarra en cada mano, y ninguna de las dos estaba llena.
    —¿Recuerdas al bufón que tuvimos que desterrar a palos de la casa del Consejo? Pues no me acabo de decidir quién tiene la lengua más larga, si él o este pájaro de aquí? —contestó Iggan, señalando al propietario—. Dice que una de las chicas de este antro se niega a aceptar conversar con nadie. ¡Como si hablásemos de señoritas de Bellacuna! Lo que me faltaba por oír.
    Zamún lo miró durante un rato. Le temblaba la sonrisa.
    —Verán —se apresuró a intervenir el acusado— Puedo ofrecerles cualquier cosa; la que quieran. No tiene más que pedirla. Pero… grande es mi pesar si les digo que no puedo mover ni una sola de mis palabras. Isabela no está disponible en estos momentos.
    —¿Ves? ¿Qué te he dicho? La princesita no quiere hablar con un miembro de la guardia del imperio.
    —Entiendo.
    —Isabela se encuentra algo indispuesta, ya se lo he dicho a su compañero. Sin embargo, si aguardan unos instantes les presentaré a dos jóvenes que…
    —No hará falta —sentenció Zamún, el más grande de los tres, y acto seguido se vino a plantar a un palmo del asustado propietario de la casa del placer. Con la mano izquierda le sostuvo la cabeza como quien coge un huevo de avestruz, y con el pulgar y el índice de la derecha rebuscó entre los dientes hasta que dio con la escurridiza lengua. Apretó con firmeza, le dedicó una mueca al hombre y tiró con tanta fuerza que el músculo entero salió de súbito como una anguila del agua.
    Los gritos de las mujeres llenaron el espacio.
    Iggan comenzó a reír a carcajadas, con los ojos abiertos de sorpresa ante aquella abundante fuente de líquido rojizo que era ahora la boca del propietario. Éste, todavía incrédulo, se agachó a recoger el pedazo de lengua del suelo. Su mirada era la de un hombre que ve cómo su barco ha zarpado dejándolo en tierra. Al poco se desplomó.
—Mucha palabrería y muy poco aguante veo yo. Vámonos, amigo, esa furcia no se merece nuestra compañía—dijo Iggan entre risas, y salieron presurosos del local, con grandes y poderosas zancadas que sonaban como lejanos tambores de guerra.

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Llegan las vacaciones estivales, y con ellas el tiempo y el desahogo necesarios para darle algún que otro meneo al blog. En este arranque de agosto os traigo "Bramantes y bailarinas", un texto ligerito que no, no es la conclusión de "El visitante" (¡sorpresa!). A la hora de escribir sobre los mastodónticos bramantes tuve en todo momento en mente a la raza seeq, habitantes del mundo de Ivalice, de Final Fantasy XII. Un videojuego cuya estética siempre me ha parecido sublime, de lo mejorcito de la saga.

La fantástica ilustración Castle Tower que ensombrece el texto pertenece a TylerEdlinArt. Ya sabéis, click aquí para ver la galería con algunos de sus trabajos.

¡Mucha playa a todos!

Final Fantasy XII (2006/2007, Square Enix)