domingo, 15 de julio de 2018

LAS COSTURAS DEL UNIVERSO / Capítulo 1. Tres explosiones


¡Zum! ¡Trash! ¡Booom!
    Esta historia comienza con tres explosiones. Tres.
Moebius era una nave vieja, casi tan vieja como su único tripulante humano, el señor Barnard Taquión. Los dos, hombre y máquina, estaban achacosos y agrietados como la cáscara de una nuez, y mientras que a Barnard le colgaba una larga y abundante barba de color blanco, de Moebius brotaban filamentos de todas partes en una intrincada telaraña de naturaleza mecánica. El capitán de la Moebius se perdía durante horas intentando desanudar su barba del amasijo de cables, de modo que nunca encontraba tiempo para poner un poco de orden en el minúsculo puente de mando de la nave. Un agujero lleno de gusanos gigantes parece esto, había imaginado muchas veces, todos dormidos unos encima de otros.
—Recuerda que puedo leer tus pensamientos, Barni.
—¡Ugh! —gruñó Barnard— Recuerda tú que no me agrada que escarbes en mi cabeza.
—Eres el capitán de esta nave —aseguró la voz metálica. Salía de un altavoz situado encima del monitor más grande de la consola principal, un altavoz colmado de volutas de polvo cósmico—. De alguna manera tendré que saber cuáles son tus intenciones, ¿no crees?
    Barnard volvió a refunfuñar.
    —Lo que sea. Dime, ¿qué han sido esas tres explosiones?
El trío de motores de la Moebius detonaba cada poco, como aquejados por una tos crónica. Era algo rutinario. Oír una explosión de vez en cuando era lo habitual a bordo; molestaban al capitán Taquión en alguna de sus muchas siestas, pero no le impedían volver a cerrar los ojos y roncar como un oso cavernario. Era una nave antigua, ya se sabe. Sin embargo, tres explosiones…
    … tres explosiones lo pusieron en alerta.
El monitor central mostró un chorro de cifras en cascada, cuyo reflejo fue resbalando por la arrugada faz del capitán.
    —Uno de los motores ha hecho catapum —informó Moebius.
    —¿Catapum? No suena muy técnico.
    —Su luz se ha extinguido. Ha dejado de funcionar. Hora de la muerte: doce y cuarenta y seis minutos, trece segundos.
    —Muy graciosa. Estado general de la astronave.
    Más números.
    —Los dos motores restantes siguen trabajando en la plenitud de su rendimiento. No muestran anomalías de ninguna índole. No obstante... —Moebius hablaba pausadamente, dando a entender que realizaba complicados cálculos de cabeza. A Barnard le irritaba esta actitud, pues sabía de sobra que podía realizar cálculos complejos de manera casi instantánea—. Creo no podremos seguir viajando bajo esta circunstancia, me temo.
    —¿Cómo que no? ¿Ya te has olvidado de aquella travesía por los desiertos de gravedad? —preguntó el viejo, escéptico—. Hicimos el viaje con uno de los tres motores dañado.
    Hubo otra pausa.
    —Si no te falta razón, pero dañado no es muerto, no. En aquella ocasión el tercer motor operaba bajo mínimos, pero operaba. No es lo mismo.
    El capitán Barnard Taquión se atusó la interminable barba durante unos minutos, suavemente al principio, con garra a medida que iba viendo cómo los testigos de emergencia se encendían, uno detrás de otro.
    —Suena grave —sentenció.
    —Te lo he dicho, capitán. Puedo mantener la ruta por el espacio durante un tiempo más; el suficiente para que encontremos un lugar sobre el que posarnos.
    —¡Demonios!

Barnard se encendió un cigarrillo. La nube de humo se elevó por encima de él, atravesó los tubos del techo y se perdió por entre las rendijas de oxígeno. Moebius emitió el equivalente electrónico a un carraspeo.
    —Sabes que me molesta que fumes.
    El viejo miró hacia arriba, con las cejas arqueadas.
    —¡Eres una máquina! No digas tonterías. Además, sabes que fumo cuando estoy algo alterado.
    —Pronto tu salud también hará catapum.
    —Que sí, que sí. Es solo un cigarro —dijo cerrando los ojos de placer tras cada calada—. Informa: ¿hacia dónde nos dirigimos?
    El rostro del hombre se iluminó nuevamente con el resplandor de las imágenes de la pantalla. En ella apareció la recreación pixelada de un planeta pequeño, a poca distancia de su emplazamiento. La denominación numérica resultante de su posición en el universo ocupó un cuarto del monitor.
    No le sonaba de nada.
    Barnard había conocido muchos mundos a lo largo de su vida. Los exploraba en busca de criaturas exóticas y de paisajes imposibles. Era un fotógrafo galáctico increíble (o eso se decía con frecuencia él mismo), y su cámara había sido almacén de incontables imágenes de lugares más allá de los confines del Universo Protegido. Pero con el tiempo raras eran las veces en las que sus zapatos se manchaban de tierra. A menudo enviaba sondas que hacían el trabajo por él, o enfocaba sus objetivos en las pantallas de la Moebius a través de las cámaras exteriores, y desde su crujiente sillón los estudiaba con el mismo entusiasmo con el que lo haría de tenerlos a un palmo de su nariz. No era lo mismo, claro, pero él ya no estaba para excursiones. Su edad superaba los tres dígitos, y su paciencia los cuatro.
    —Azimut se encuentra cerca de aquí —informó Moebius al momento—. Es un planeta sin registros en la base de datos, inexplorado según parece. Orbita alrededor de Byurakan, una estrella enana ultrafría, pero dentro de su zona habitable. Es una buena opción.
    —¿Azimut?
    —Sí, acabo de bautizarlo. ¿Te gusta el nombre?
    Moebius produjo varios pitidos agudos. Barnard supo que, a su modo, reía.
    —¿Y no puedes reparar el motor sin obligarnos a aterrizar? —insistió Barnard. Le horrorizaba la idea de romper el ángulo de noventa grados de sus piernas—. Estás programada para hacer muchas cosas, diablos, ¿por qué no ésta?
    —¿Te contesto a eso, capitán?
    Barnard resopló.
    —No hace falta.
    —Si me das la confirmación, pondré rumbo a Azimut.
    —¿Tiempo estimado de llegada?
    —El justo para que te acicales un poco y peines esa horrible barba que te cuelga.
    —Tiempo es-ti-ma-do.
    —Dos horas y unos cincuenta y siete minutos, aproximadamente.
    —Ummm… —Barnard respiró hondo.
    Tres horas; el tiempo suficiente para echar un sueñecito reparador.
    No era el mejor de los planes aquel, pero no quedaba otra alternativa. Aterrizarían en Azimut, repararían el motor y seguirían viajando. Por fortuna, no tendría ni que bajar de la astronave. Moebius puede hacer todo el trabajo —resolvió—. Ninguna razón me empuja a moverme de aquí.
    A decir verdad, estaba un poco cansado de ver la misma corriente de datos desfilar por los parpadeantes monitores, o la monótona cortina de estrellas sobre fondo oscuro que se dejaba ver al otro lado de los cuatro ojos de buey. Le vendría bien un pequeño cambio, aunque solo fuese en el tono penumbroso del puente de mando.
—Pon rumbo a Azimut, anda —dijo—. Y no hagas mucho ruido.

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Ilustración: Moebius

jueves, 3 de agosto de 2017

Relato: BRAMANTES Y BAILARINAS



Dos miembros de la guardia bramante se colaron a altas horas de la madrugada en una de las casas del placer de la villa de los exquisitos, en Altizana. Estaban borrachos, a juzgar por los codazos y las chanzas, de modo que la mayoría de presentes en el local se hicieron a un lado, se escondieron, o directamente recogieron sus vergüenzas y se marcharon deprisa nada más verlos. Un bramante era peligroso sobrio, sobra decirlo, así que la norma era andarse con bastante ojo si, como aquella noche, te cruzabas con uno hechizado por el alcohol y el divertimento.
    En una esquina de la cámara dos chicas despreocupadas hicieron poco caso a la entrada triunfal de la pareja de colosos, amparadas por la coraza de la juventud. Reían y bebían, princesas de la noche, brillantes con la purpurina de colores del espectáculo que pocos minutos antes habían protagonizado sobre las tablas. Era imposible decidirse por cuál de las dos hembras resultaba más hermosa y sugerente; se contoneaban con cierta socarronería al son de una monótona balada.
    Uno de los guardas se acercó a la barra del bar. Sus pasos hacían palpitar el suelo, como si una poderosa corriente de agua trabajara bajo aquellas baldosas de piedra. Puso dos de sus dedos sobre una jarra de cristal vacía —dedos dantescos, cual tenazas de herrero— y se dirigió al camarero: “¿Esto es lo más grande que tenéis aquí? Si es así, pon dos jarras para mi, y otras dos para mi compañero Iggan. Invita el Emperador”.
    —¡S-sí, señor!
    Pero Iggan no caminó hacia la barra. Estaba parado en mitad del mortecino salón, sus enormes ojos puestos en la larga cabellera negra de una de las muchachas del rincón.
    Había tres cosas que atraían la atención y el deseo de un bramante por encima de todo lo demás. La primera, y la más obvia, eran las bebidas festivas. Entre murmullos se decía que si uno se encontraba con un miembro de esta poderosa raza sin signos de embriaguez, lo más probable es que se tratara de un especimen enfermo. Un bramante comía como un elefante, y bebía como dos; eso también se decía.
    La segunda cosa que actuaba como un imán para ellos era la sed de sangre. Eran belicosos por naturaleza, y nunca desperdiciaban la oportunidad de rasgar sus nudillos contra el mentón de un enemigo, congénere o no, daba igual. La milicia al servicio del Emperador solía explotar en trifulcas y barullos la mayor parte del tiempo, lo que menguaba sus filas a razón de entre cinco y diez bajas al día. ¡Eso sin contar a las víctimas humanas que pagaban la factura de su terrible temperamento! Es por esto que los generales segmentaban a sus divisiones para trabajos más rutinarios en patrullas de dos o tres soldados como máximo, con objeto de mitigar esta fuga de genio y reducir el alcance de los daños. De poco servía, claro está.
    Y la tercera cosa cuyo poder embelesaba a un bramante era la imagen de una mujer bonita.
    —¡Eh, tú! —espetó el gigante, en dirección a la muchacha— ¡TÚ!
    Nada, no hubo respuesta; la conversación entre las dos continuaba sumida en el hermetismo.
    —¡Oye, tú! ¿Acaso no me oyes? —su voz se elevó por encima de la tonada. Los músicos, que eran tres en total, se dieron cuenta demasiado tarde del oprobio que suponía arrebatarle el protagonismo a un ser como aquel. Iggan se encaminó hacia ellos con el ceño bajo y los puños cerrados.
    —Perdóneme, oh, custodio de Altizana —dijo una voz de repente. Dos ojos pequeños se interpusieron entre la banda de músicos y el furioso bramante. Eran, como digo, ojos pequeños, sí, pero también eran ojos astutos. Su dueño, un señor bajito y de rostro alargado, dueño al mismo tiempo de la casa del placer, se mostró rápidamente conciliador, sabedor del dique que estaba a punto de quebrarse—. ¿Le resulta atronadora la balada que interpretan mis hombres? Se trata de Paladines ensartados, de Chebron. No es muy conocida, si he de sincerarme. Le pido disculpas; les pediré que toquen alguna otra cosa enseguida.
    —¿Eh?
    —¿Le apetece tomar algo, caballero? —insistió el propietario—. Tenemos un licor para clientela exclusiva. Un licor muy especial, si usted me entiende. Nos proveen desde un almacén clandestino en la península de Mísboro. Un grupo de mujeres se baña en el brebaje durante las últimas fases de infusión, figúrese —dijo, y una risa se le deslizó por entre los dientes— Pruébelo. Invita el establecimiento.
    Pero Iggan no estaba interesado en lisonjas.
    —Esa mujer, la de los cabellos oscuros. Tráigala aquí.
    —¿Perdón?
    —He dicho que me traiga a esa mujer —repitió, sin inmutarse.
    —Ummm… ¿Isabela? Tiene un ojo muy fino, señor. Isabela es la reina de la casa, debe saber. Ninguna chica baila como lo hace ella.
    —Tráigala.
    —Pero también debe conocer una de las normas de la casa del placer. ¡Y mire que aquí nos jactamos de carecer de ellas! Mas, hay un poder que se les concede a las chicas al amparo de este techo, y ese es el poder de la decisión —apuntó, ante el iracundo bramante—. Vamos a hacerlo de la siguiente manera: voy a acercarme a Isabela para preguntarle qué tal le parece la idea de acompañar a un miembro de nuestra estimada guardia. No puedo hacer promesas prematuras, pero sí que le puedo asegurar que Isabela es mujer cercana y de mente abierta, créame. Tendrá su respuesta en un momento, si tiene a bien aguardar.
    Iggan asintió con un gruñido.
    El anfitrión se retiró al rincón donde las mujeres conversaban y, tras unas palabras con la joven de cabellos negros, regresó con la misma sonrisa en los labios; una sonrisa que hablaba de años de forzada cordialidad.
    —Ummm… verá usted, señor mío, Isabela anda muy cansada esta noche. Me comunica que se encuentra algo indispuesta y que, de ceder, no estaría a la altura de tan distinguida compañía. Se retirará pronto a dormir, de hecho.
    Los ojos de Iggan iban de su presa al propietario del local. No encontraba anclaje en  ninguna de las dos partes.
    —¿Eso ha dicho, verdad? —musitó.
    —Pero no se me venga abajo. Tengo una propuesta que hacerle: su nombre es Coralina, y tiene una melena del color de una noche de invierno. ¡Y tan larga que anda siempre con cautela para no pisarla! Ella es…
    —¿Ocurre algo, Iggan?
    Zamún, el otro guardia bramante, acudió en auxilio de su compañero. Traía una jarra en cada mano, y ninguna de las dos estaba llena.
    —¿Recuerdas al bufón que tuvimos que desterrar a palos de la casa del Consejo? Pues no me acabo de decidir quién tiene la lengua más larga, si él o este pájaro de aquí? —contestó Iggan, señalando al propietario—. Dice que una de las chicas de este antro se niega a aceptar conversar con nadie. ¡Como si hablásemos de señoritas de Bellacuna! Lo que me faltaba por oír.
    Zamún lo miró durante un rato. Le temblaba la sonrisa.
    —Verán —se apresuró a intervenir el acusado— Puedo ofrecerles cualquier cosa; la que quieran. No tiene más que pedirla. Pero… grande es mi pesar si les digo que no puedo mover ni una sola de mis palabras. Isabela no está disponible en estos momentos.
    —¿Ves? ¿Qué te he dicho? La princesita no quiere hablar con un miembro de la guardia del imperio.
    —Entiendo.
    —Isabela se encuentra algo indispuesta, ya se lo he dicho a su compañero. Sin embargo, si aguardan unos instantes les presentaré a dos jóvenes que…
    —No hará falta —sentenció Zamún, el más grande de los tres, y acto seguido se vino a plantar a un palmo del asustado propietario de la casa del placer. Con la mano izquierda le sostuvo la cabeza como quien coge un huevo de avestruz, y con el pulgar y el índice de la derecha rebuscó entre los dientes hasta que dio con la escurridiza lengua. Apretó con firmeza, le dedicó una mueca al hombre y tiró con tanta fuerza que el músculo entero salió de súbito como una anguila del agua.
    Los gritos de las mujeres llenaron el espacio.
    Iggan comenzó a reír a carcajadas, con los ojos abiertos de sorpresa ante aquella abundante fuente de líquido rojizo que era ahora la boca del propietario. Éste, todavía incrédulo, se agachó a recoger el pedazo de lengua del suelo. Su mirada era la de un hombre que ve cómo su barco ha zarpado dejándolo en tierra. Al poco se desplomó.
—Mucha palabrería y muy poco aguante veo yo. Vámonos, amigo, esa furcia no se merece nuestra compañía—dijo Iggan entre risas, y salieron presurosos del local, con grandes y poderosas zancadas que sonaban como lejanos tambores de guerra.

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Llegan las vacaciones estivales, y con ellas el tiempo y el desahogo necesarios para darle algún que otro meneo al blog. En este arranque de agosto os traigo "Bramantes y bailarinas", un texto ligerito que no, no es la conclusión de "El visitante" (¡sorpresa!). A la hora de escribir sobre los mastodónticos bramantes tuve en todo momento en mente a la raza seeq, habitantes del mundo de Ivalice, de Final Fantasy XII. Un videojuego cuya estética siempre me ha parecido sublime, de lo mejorcito de la saga.

La fantástica ilustración Castle Tower que ensombrece el texto pertenece a TylerEdlinArt. Ya sabéis, click aquí para ver la galería con algunos de sus trabajos.

¡Mucha playa a todos!

Final Fantasy XII (2006/2007, Square Enix)

domingo, 28 de mayo de 2017

ANTOLOGÍA DE MICRORRELATOS ERÓTICOS II, DE DIVIERTESEX


Diversidad Literaria, «el portal literario para escritores y lectores de todo el mundo», como ellos mismos se definen (web que por cierto recomiendo, por el flujo constante de competiciones de este estilo y similares), ha tenido a bien seleccionar mi microrrelato “Natasha” para su publicación en la antología de “Microrrelatos eróticos II” que promueve Diviertesex.

Esta semana por fin me llegó el libro y, qué decir, hace mucha ilusión palpar con los dedos algo que ha salido de tu cabeza. En este post tenéis algunas imágenes del volumen en cuestión y de mi pequeño texto, al que acompañan el de muchos otros autores, todos muy interesantes (entre ellos los microrrelatos ganadores del certamen, por supuesto).

Como añadido decir, a modo de making of, que “Natasha” surgió del relato corto del mismo nombre (que podéis encontrar pulsando aquí), y que, a mi juicio, mutilé más de lo debido para adecuarlo a las férreas normas del concurso. Fue como intentar encajar una pieza triangular en un espacio redondo. Qué se le va a hacer… brutillo que es uno. En fin.

Si a alguno le interesa la adquisición de este “Microrrelatos eróticos II” puede intentarlo a través del siguiente enlace. No sé cuántas unidades se pusieron a la venta, la verdad. Intuyo que no demasiadas. Pero, oye, todo es probar.



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Y para el que pueda interesarle: el relato corto “El visitante” sigue en el horno todavía. Está poco hecho por dentro, y tengo que confesar que se me ha quemado algo por los bordes, pero todo sigue más o menos adelante. Seguramente pronto tendréis noticias de él.


¡Nos leemos!

viernes, 21 de octubre de 2016

EL VISITANTE (2ª parte)



—Estaba a un aullido de lobo de cerrar —dijo Medialengua, con menos firmeza de la deseada— ¿Qué se le ofrece al caballero?
    El hombre se sentó en uno de los taburetes de la barra, y apoyó sus enormes brazos sobre la madera. «Podría aplastarle la cabeza a un niño con una sola de esas manos», pensó el ex capitán.
    —Tengo una cerveza malísima, que le pone a uno el estómago en guardia —continuó—. También alguna clase de licor exótico. No me sé los nombres; las etiquetas apenas pueden leerse. Ah, y de comer no me queda nada. La cocina se abre y se cierra a mitad del día. ¿Qué quiere?
    —Una cerveza.
    El pedido se produjo entre los hilos de un susurro.
    —Una cerveza entonces.
    El tabernero se dio la vuelta, y se sintió como quien le da la espalda a un rugido. Se mantuvo irreductible, no obstante. No pocas mareas habían golpeado aquel casco como para torcerse a estas alturas del cuento.
    Le puso la jarra de cerveza delante e hizo como que continuaba trabajando en no sé qué cosa debajo de la barra.
    —No es usted de por aquí, ¿cierto? —se aventuró a preguntar—. Mis ojos son viejos y es probable que hayan sido los años en el mar los que los hayan cubierto con este molesto velo de agua, pero, que me lleven los demonios si esa indumentaria se parece en alguna cosa a la de cualquier paisano. Llámeme curioso... las piedras esas que lleva colgadas al cuello… me apuesto el negocio a que no son piedras del fondo de la bahía.
    —Ugh —musitó el visitante, y el ex capitán se preguntó si aquello habría sido una especie de bronco asentimiento.
    —Una vez me encontré con un vendedor que ofertaba abalorios similares. No iguales, claro. Al lado de esos no serían más que perifollo. —Medialengua se relajó un cuarto y siguió hablando. Se le daba bien tratar con gente difícil—.Y sin embargo recuerdo que aquel hombre habló de lugares de nombres extravagantes como origen de las piedras. Esas, las suyas, deben de pertenecer también a rincones lejanos.
    —Estas no son piedras —fue la respuesta, y se perdió en un largo sorbo de cerveza—. Puedes llamarlas piedras, si quieres, como con tanta ligereza llamas a este líquido cerveza.
    —¿Y qué son, entonces?— preguntó, un tanto agraviado.
    —Lo que son, si tanto te interesa, no tiene un nombre fácil de recordar en tu idioma. Una traducción algo torpe las denominaría «Lágrimas de Ul-Kraken». Sí —asintió, bastante complacido—, es una versión demasiado reduccionista pero creo que servirá. Lágrimas de Ul-Kraken, eso son —Y de nuevo se sumergió en su bebida.
    El ex capitán Medialengua tuvo bastante con aquello. Era tarde, le dolían las articulaciones, y no tenía humor para lecciones. Carraspeó y se movió a lo largo de la barra, cerrando ventanas y tapando botes. «Dejad descansar a este viejo», pensó, sin saber a quién dirigía la plegaria.
    Pero ahora era el visitante el que tenía la lengua inquieta:
    —Verás, le quité las lágrimas a un hombre tan poderoso como poco perspicaz. De esto hace muchos años. Los hombres así suelen arrimarse al fuego en verano. Todos, sin excepción—dijo, y abarcó toda la cámara con su mano—. Éste en particular confió en el miedo que despertaba en los demás, y no me vio venir.
    A Medialengua le repugnó aquella actitud jactanciosa, y no disimuló su mohín.
    —Le gustan las historias, eh —escupió el viejo.
    —Historias —paladeó el otro—. Tengo muchas, pero ninguna vale nada. La de las lágrimas solo es una más, una gota en un vasto océano; tan Insignificante como eso.
    —¿Desea algo más? Voy a cerrar ya.



CONTINUARÁ...


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Ese que veis ilustrando la entrada es él; sí, sí, el mismísimo visitante del relato, reimaginado por el artista Dibujante de mierda (o @nmlss777 en twitter) con motivo del #Inktober 2016. «El visitante», que así se titula el dibujo también, ha formado parte de la popular iniciativa impulsada por Jake Parker en el año 2009, reto que consiste en publicar en blogs o redes sociales un dibujo diferente cada día (a tinta o lápiz, según tengo entendido) durante todo el mes de octubre. Para mi, como entenderéis, es todo un honor que el amigo nmlss se haya tomado la molestia de dar volumen a la historia del ex capitán Medialengua con su representación de la figura del visitante nocturno. Él ya sabe la ilusión que me hace. Se lo recuerdo una vez más, por si acaso.

En su página de facebook tenéis una muestra más gráfica de lo que es el #inktober y, por encima de eso, de la calidad de este dibujante. Robo con su permiso un par o tres más de sus obras para deleitarnos aquí, en 700 palabras. Las tenéis a continuación.

En cuanto al relato en sí, aviso a navegantes: no tengo muy claro, de momento, de cuántas partes consta la historia. Avanza despacio, es cierto, pero avanza. Es lo que tiene lanzarse a la aventura sin mapa ni brújula. Mi deseo es que no sean muchas (no me atrevo a vaticinar nada; no quiero acabar siendo esclavo de mis palabras). La parte que nos ocupa hoy es muy corta, lo reconozco, y su publicación obedece más a la necesidad de enseñar pecho con el fan art de nmlss que por cualquier otra cosa. Tal cual suena. Intentaremos que la tercera se prodigue un pelín más. O no.

¡Nos leemos!

Día 20. La anguila de la bahía del capitán. Super Mario 64 (#Inktober 2016)

Día 18. Delirio (#Inktober 2016)

Día 2. Nameless King, de Dark Souls 3 (#Inktober 2016)

sábado, 13 de agosto de 2016

EL VISITANTE (1ª parte)


Graznaban pocas gaviotas en aquel brumoso rincón del puerto. Es verdad que era tarde; la hora en la que solo los candiles más fuertes sobreviven. Y sin embargo algún movimiento había todavía en la ruinosa taberna del ex capitán Medialengua. Una pareja de borrachos sin prisa por regresar adonde quiera que guardaran sus vergüenzas hacían brazos con una jarra de cerveza caliente, cabizbajos y en un silencio de sepulcro. Ninguno molestaba, eso estaba claro. Para Medialengua, aquellos dos no eran más que las sillas, las mesas o la mugrienta colección de huesos de ballena que decoraba la pared norte de la cantina; solo sombras.
En una esquina apartada rezaba en susurros el padre Dendinis, embriagado por la palabra del Señor, además de por el alcohol. El viejo religioso solía frecuentar La boca del mar una noche por semana, los martes la mayoría de las veces. Y hoy era martes. Y allí estaba, con las Santas Escrituras camuflando una copa de un licor muy malo que nunca nadie pedía y que solo parecía gustarle a él. «Posee el dulzor salvaje de la juventud», llegó a confesar una vez, y Medialengua recordó cuánto le había costado aprisionar una risotada. Pobre padre.
Era martes, como decía, y el que fuera capitán de la Zafia Azul (que Dios la tuviera en su gloria) recogió los últimos rescoldos de suciedad de la barra con una rejilla negra. No esperaba a nadie más. Sabía que no vendría nadie más. Y no obstante, su achacoso espíritu de anfitrión le instó a esperar un rato más con el local abierto. Los dos borrachos se irían pronto (las noches en la periferia de la ciudad eran poco amigables incluso para dos hombres corpulentos como aquellos), y Dendinis no tardaría en bendecir el lugar, incorporarse y salir también dando tumbos. Pero no quería cerrar. No se atrevía a cerrar. Había algo en el silencio de la noche que parecía un grito sordo, una suerte de advertencia en el aire. Probablemente no era nada, se dijo. La tensión del puerto, producto del infortunio de los pescadores, que agarrotaba el ambiente; quién podía saberlo. Medialengua solo sabía que aquella noche de martes no era como las demás noches. Se lo decía su intuición. Y eso le bastaba para no cerrar e irse a casa todavía.
    Los tres clientes salieron de la taberna y Elías Medialengua se quedó solo.
    Caminó por el establecimiento arrastrando los pies, con la lentitud de un espectro. Los crujidos de la madera se entremezclaron con los de sus huesos quebrados. Miró a todos lados y a ninguno, con el desasosiego del que se siente a expensas de algo que no acaba de identificar. Buscó con insistencia, en las oscuras esquinas, al otro lado de la ventana, atento a cada ligero cambio que pudiera producirse en el ambiente. Pero no encontró nada diferente. Nada.
    Y entonces la puerta de La boca del mar se movió. Y entró él.
    El ex capitán Medialengua había tratado con hombres de todo calado a lo largo de sus muchos y largos años. Hombres rudos y hombres de pellejo fino; hombres extraños, de difícil trato o de difusas intenciones. Había navegado hombro con hombro junto a toda clase de individuos, tan peligrosos la mayoría que bastaba una mirada a destiempo para provocar en ellos la explosión de una jauría de perros salvajes. Es lo que tenía la mar. Eso lo sabía Medialengua. Había vivido con ello. Le era tan familiar como el olor a harina para el panadero.
    Y si embargo ninguno de esos hombres, ninguno, llegó a estremecerlo de la manera en que lo hizo aquel.
    El ex capitán se colocó detrás de la barra, y desde su trinchera pudo contemplar mejor al visitante.
    El tipo era alto; tanto que tuvo que ladear ligeramente la cabeza para pasar por el umbral de la puerta. De la cabeza le caía cual catarata una melena del color de la ceniza, y su rostro era un rostro severo, lleno de arrugas que, si bien no le hacían parecer anciano (pues no lo era en realidad, de hecho era bastante más joven que Medialengua), sí que advertían que se trataba de un hombre de mundo. Así lo decían sus ojos, además, que era profundos y oscuros como dos pozos sin agua. Vestía el visitante con prendas de cuero negro, enguantado y con botas puntiagudas también negras, que parecían de piel desollada. Pero lo que más destacaba de su indumentaria era un collar de piedras de colores apagados que le daba varias vueltas al cuello y que, según el ojo cansado del ex capitán, debía de pesar un quintal.
    —Estaba a un aullido de lobo de cerrar —dijo Medialengua, con menos firmeza de la deseada— ¿Qué se le ofrece al caballero?


CONTINUARÁ...



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Lo primero es lo primero: la ilustración de artificialguy se llama «Pirate Bay», y tenéis un enlace directo a su guarida pinchando en el título. Dicho esto, aclarar que sigo respirando y que sigo escribiendo (más lo primero que lo segundo), y que este «El visitante» es el arranque de un relato corto que tenía ganas de escribir y que, ahora que mi vida ha dejado de moverse con tanta vehemencia, espero poder terminar. Veremos.
Otra cosa que quería mencionar es que ya tengo perfil en Sttorybox, una simpática web para escritores (y lectores) con una premisa más interesante y dinámica que otras páginas similares como, por ejemplo, Wattpad. Podéis encontrarme por allí dando palos de ciego, pinchando justo AQUÍ.
Y eso es todo por el momento. Si los hados así lo quieren, la segunda parte de la pequeña (¡pero sorprendente!) historia del ex capitán Elías Medialengua se publicará pronto. Bye bye.